miércoles, 7 de julio de 2010

El dolor: Las perlas

Las perlas son producto del dolor... resultado de la entrada de una sustancia extraña e indeseable en el interior de la ostra, como un parásito o un grano de arena. Cuando éste penetra en la ostra, las células de nácar comienzan a trabajar y cubren el grano de arena con capas y capas y más capas de nácar para proteger el cuerpo indefenso de la ostra. Como resultado, se va formando una hermosa perla.
Una ostra que no ha sido herida, no puede producir perlas porque las perlas son heridas cicatrizadas...
¿Tienes una herida que te causa mucho dolor? Entonces produce una perla. Cubre cada una de tus heridas con varias capas de amor. La mayoría sólo aprende a cultivar resentimientos dejando sus heridas abiertas... alimentándose con sentimientos pobres, que impiden que las lesiones cicatricen.
En la vida vemos muchas “ostras vacías” no porque no hayan sido heridas, sino porque no supieron perdonar, comprender y transformar un dolor en amor. Vale la pena sonreir ante las heridas que recibimos como un medio de crecimiento personal.

La paciencia: Las pausas

En la pausa no hay música, pero la pausa ayuda a hacer la música.
En la melodía de nuestra vida la música es interrumpida aquí y allá por “pausas”... Y nosotros, sin reflexionar, pensamos que la melodía terminó.
A veces, Dios nos envía un tiempo de parada forzada. Puede ser una prueba, planes fracasados, o esfuerzos frustrados. Y hace una pausa repentina en el coro de nuestra vida. Nos lamentamos que nuestra voz tenga que callarse, y tenga que faltar nuestra parte en la música que sube hasta los oídos del Creador.
Pero, ¿cómo es que el maestro lee la pausa? Él continúa marcando el compás con la misma precisión y toma la nota siguiente con firmeza, como si no hubiese habido interrupción alguna.
Dios sigue un plan al escribir la música de nuestra vida. Nuestra parte debe ser aprender la melodía y no abandonar en las “pausas”. Ellas no están allí para ser pasadas por alto o ser omitidas, ni para perturbar la melodía o alterar el tono.
Recuerda además que la pausa no dura mucho… ¡apenas sirve para continuar la melodía!

La generosidad: La propina

En los días en que un helado costaba mucho menos, un niño de diez años entró en una heladería y se sentó a una mesa.
-¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con almendras?- pregunto el niño.
- Cincuenta centavos – respondió la camarera.
El niño sacó su mano de su bolsillo y examinó un número de monedas.
- Y ¿cuánto cuesta un helado solo? - volvió a preguntar.
Algunas personas estaban esperando por una mesa y la camarera ya estaba un poco impaciente.
- Treinta y cinco centavos - dijo ella bruscamente.
El niño volvió a contar las monedas…
- Quiero el helado solo - dijo el niño.
La camarera le trajo el helado, y puso la cuenta en la mesa y se fue.
El niño terminó el helado, pagó y se fue.
Cuando la camarera volvió, ella empezó a limpiar la mesa y entonces le costó tragar saliva con lo que vio: allí, puesto ordenadamente en el plato vacío, había quince centavos... su propina.

La igualdad: Examen... de conciencia

Durante mi segundo semestre en la escuela de enfermería, nuestro profesor nos dio un examen sorpresa. Yo era un estudiante consciente y leí rápidamente todas las preguntas, hasta que leí la ultima: "¿Cuál es el nombre de la mujer que limpia la escuela?”
Seguramente esto era algún tipo de broma. Yo había visto muchas veces a la mujer que limpiaba la escuela. Ella era alta, cabello oscuro, como de cincuenta años, pero, ¿cómo iba yo a saber su nombre? Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco.
Antes de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última pregunta contaría para la nota del examen.
"Absolutamente", dijo el profesor. "en sus carreras ustedes conocerán muchas personas. Todas son importantes. Ellos merecen su atención y cuidado, aunque solo les sonrían y digan hola ”.

El valor de lo propio: El anuncio del periódico

Un comerciante se encontró con un amigo escritor y le dijo: “Necesito vender mi propiedad, que tú tan bien conoces, ¿no te importaría redactarme un anuncio para ponerlo en el periódico?”
Y el amigo escribió: “Se vende encantadora propiedad, donde cantan los pájaros al amanecer en las extensas arboledas, rodeado por las cristalinas aguas de un lindo riachuelo. La casa, bañada por el sol naciente, ofrece la sombra tranquila de las tardes en la varanda.”
Algunos meses después, volvieron a encontrarse y el escritor le preguntó al comerciante si ya había vendido su tierra:
- No pensé más en eso - dijo el hombre - ¡Después de que leí el aviso que usted me escribió, me dí cuenta de la maravilla que tenía!